sábado, 9 de junio de 2018

Cuentos Negros "Niña Muerta" Cuento 3


Cuentos Negros

Cuento 3: "Niña muerta"

Antonia y Aukan


Marzo de 1964

  Antonia era una mujer soltera y sin hijos, acaba de cumplir  cuarenta y cinco años,  jamás había soportado vivir junto a otra persona, no deseaba formar una familia como la mayoría de las mujeres, cualquier tipo de actividad social la irritaba, no acudía a reuniones ni tan poco tenía amigos, su casa estaba siempre sombría y olía a desinfectante, era una fanática del cloro y de la limpieza. Antonia era extraña quizás para los vecinos o compañeros de trabajo, nunca había tenido novio, ni siquiera tenía relaciones sexuales ocasionales, no concebía  la idea de tener un acto sexual con algún extraño, sólo el hecho de sentir el sudor de otra persona sobre su cuerpo la asqueaba, se complacía sola, si bien en su adolescencia había practico el acto sexual, ahora era algo que no le interesaba, lo único que la satisfacía un poco, era su profesión, maestra de piano en el conservatorio municipal. Como profesora era muy estricta con sus alumnos y jamás se encariñaba con ninguno, en el único lugar del mundo que hallaba la tranquilidad y el placer que necesitaba, era en su estancia donde transcurrió su infancia, al ser hija única todos los bienes de su padre los había heredado, su madre había muerto al darla a luz, no tenía la menor idea lo que se sentía al recibir una caricia o un abrazo bondadoso de una madre.
  Antonia lo único que conocía en el mundo era el amor de su padre, la mayoría de los fines de semana se internaba en aquel lugar aislado del mundo moderno  para disfrutar del silencio y la soledad, pero el infinito odio hacia cualquier tipo de animal no la dejaba sacar provecho de aquellas tierras que sus antepasados habían cosechado, sentía un absoluto rechazo hacia los animales. De niña se la pasaba leyendo en su habitación o sentada en su piano, su padre intentaba incentivarla para que hiciera otras actividades, pero ella no se movía de su zona de confort, no jugaba con ninguna mascota, tenía un perro al que jamás se le acercaba y no por miedo, sino porque no podía encontrar en ningún animal nada que le hiciera sentir algún buen motivo para acariciarlo o  para brindarle cariño, detestaba el pelaje de los perros y gatos, quizás el hecho de detestar a tal extremo a cualquier tipo de animal era ocasionado por algún trauma provocado por su padre, un veterinario especialista en caballos, a veces sentía celos atroces del caballo de su padre porque se sentía desplazada por él.

 Su vecina del departamento de al lado en la ciudad tenía un gato, al que ella espantaba echándole agua, no soportaba los ojos tiernos de los animales, le generaba ira, desconfianza, rechazaba la idea de tener cualquier animal desde niña, no se emocionaba ni cuando veía un perro vagabundo  golpeado comiendo de la basura, así como también rechazaba la idea de beneficiarse con una fiel y confidente amiga a quien escuchar y ser aconsejada, Antonia no llegaba a ser ermitaña, pero odiaba profundamente las fiestas, los eventos, los encuentros familiares, las conversaciones telefónicas, los cumpleaños, las fiestas navideñas y las de fin de año. En ocasiones tenía largas discusiones con su vecina porque sus gatos pasaban a su balcón para cagarle su impecable piso, o se levantaba con grandes dolores de cabeza por escuchar a los canarios cantar al despuntar el alba, fue tal su indignación por soportar el ladrido del caniche del vecino de arriba, los seis gatos de su vecina cagando su piso, y los canarios cantando en el amanecer, que decidió instalarse definitivamente en la estancia, donde sólo encontraba el placer de estar sola y sin animales que la molestaran, allí se levantaba y sólo veía campo y tierra seca y árida.
Los golpes de manos en la puerta la despertaron, era cerca del medio día, se calzó las alpargatas, caminó  rezongando, al abrir la puerta se encontró con el vendedor de leña, era un hombre muy sucio y desgreñado, se llamaba José, pasaba para llevarle leña para el hogar, era la segunda vez que lo atendía, en la última ocasión le gritó a través de la puerta que descargara la leña y se fuera pasándole unos billetes por debajo de la puerta, pero esta vez abrió sin darse cuenta, sería porque estaba aún dormida quizás, le dio el dinero, José saludo y se dirigió hacia la carreta para descargar la leña, Antonia se quedó paralizada, tiesa bajo al umbral de la puerta, sus ojos se detuvieron fijamente en el caballo que arrastraba el carro, sintió una extraña mezcla de emociones, se fue acercando lentamente sin quitarlo de su vista, todo a su alrededor se volvió oscuro como si estuviera en la más oscura noche, lo único que veía era aquel cansado y devastado caballo, alzó su mano, estaba frente a él, apoyó con delicadeza su palma sobre la cabeza del animal, este cerró los ojos al sentirla. Antonia se sintió extrañamente aturdida, pudo sentir el dolor intenso del animal, lo observó detenidamente, estaba muy flaco era casi piel y huesos, de las comisuras de la boca le brotaba sangre, estaba sucio, su pelaje era escaso, Antonia temblorosa apoyó lentamente su rostro sobre el del animal herido y abandonado, fue como hacer un viaje al pasado, aquel animal era tan parecido al caballo de su padre que se estremeció, tenía la misma mancha blanca sobre el ojo como si el más detallista de los dibujantes le hubiera hecho un circulo blanco que resaltaba sobre su pelaje marrón oscuro.
Logró sentir su corazón destruido, logró ver más allá de todo, sus almas se conectaron y Antonia dejó caer por primera vez en muchos años unas lágrimas sobre el hocico del animal, jamás en toda su vida se había conmovido por nada ni por nadie, nunca se había enamorado ni de un hombre ni de una mascota, Antonia era más bien fría y distante, ni siquiera lloró el día del entierro de su padre, comprendió entonces por primera vez a su padre fiel defensor de los animales, comprendió también que tenía alma, un alma que alguna vez fue pura, un alma que fue de niña, porque aquel animal le había resucitado  a su infancia muerta, Antonia entendió que existía el alma que te complementa , qué  amor más tierno y puro que el de un animal hacia una persona, ella estaba en deuda con su padre, a los doce años en una noche de lluvia envenenó al caballo preferido de su padre por celos, lo vio morir frente a sus ojos, al asesinar a aquel caballo dejo morir su inocencia, era hora de dejar atrás la culpa y hacer algo por ella misma, limpió sus lágrimas y besó el hocico dañado del animal.
- ¿Cuánto quiere por este caballo?..Se lo compro. – Le gritó a José.
- Lo siento señora estos días tengo mucho trabajo si quiere deme tiempo y luego se lo vendo.- Contestó José subiendo a la carreta.
- No ahora, usted me lo querrá vender cuando este ya medio muerto, mírelo como lo tiene, se lo compro ahora ¡Ya! - Dijo Antonia insistiendo.
- Lo siento señora, el mes próximo lo conversamos.- Dijo José dándole un azote en las ancas al caballo.
 Antonia se llenó de ira al ver como lo azotó, supo entonces que debería tomar otro camino, sabía que estaba unida para siempre al alma de ese caballo, no dejaría que siga sufriendo, el animal ya estaba muy grave y moriría era cuestión de días, lo miró mientras que este se alejaba de su vida, algo que Antonia no estaba dispuesta a dejar que sucediera, nunca nadie en su vida había logrado estremecerla o despertar cariño, aquel caballo había logrado con su mirada de sufrimiento despertar en ella a su niña muerta.  Tomó las llaves de su camioneta, manejó hasta ver a José entrar en la estancia donde era peón, bajo del vehículo, caminó hasta encontrar la choza del hombre, allí espero hasta que la noche cubrió el campo, intentando no ser vista, espió a José por una pequeña ventana, golpeaba a su esposa, estaba borracho y a los gritos, la mujer se recostó en un catre junto al hogar, Antonia lo observaba desde las penumbras, en su cabeza corrían cientos de pensamientos perversos y oscuros, su mente se retorcía imaginando cientos de formas para liberar al caballo de su terrorífica muerte, de aquel maldito y abusador dueño, debía tranquilizarse y ser racional, cuando notó que José se tambaleaba dentro choza, entendió que en aquel estado de ebriedad sería fácil vencerlo, se internó en las sombras de un viejo y frondoso nogal, tomó del piso un tronco seco, José salió del rancho, se encendió un cigarrillo,  Antonia alzó la cabeza para mirar el amplio cielo repleto de estrellas que centellaban, pensó durante unos segundos, era el momento justo para derribar al hombre y liberar al caballo, su esposa dormía, caminó muy lentamente para no provocar ningún ruido, el hombre estaba de espaldas, levantó el tronco con ambas manos y lo golpeó con firmeza, José quedó inconsciente sobre el pasto, ella corrió hacia el caballo, lo abrazó por el cuello.
- Tranquilo vas a reponerte, este maldito hijo de puta no te lastimara nunca más.- Dijo abrazada al caballo.

Cuando José despertó estaba con los brazos atados en la espalda, los sentía tirantes como si algo jalara sus muñecas, algo ardía y dolía en su boca, sentía que los dientes iban a explotar, intentó ponerse de pie pero aún estaba mareado, notó que su caballo comía pasto muy cerca, el sol comenzaba a salir, Antonia apareció lanzándole agua encima, luego se inclinó para hablarle.
-  Ya es medio día...No intentes hablar porque no vas a poder, me arruinaras el trabajo, me costó mucho ponerte el bocado de Aukan  ¡Ah!... no sabías mí caballo va a reponerse, el veterinario me lo dijo, el caballo de mi padre se llamaba Aukan es un bello nombre de origen mapuche, significa “Guerrero”,  sobrevivió a tus maltratos, diré que me lo vendiste cuando alguien pregunte, cosa que no creo, a nadie le va a importar que fue de tu asqueroso trasero, Aukan y yo seremos felices, nunca más nadie lastimara a un animal frente mis ojos, este caballo es mío ahora.- Dijo acariciando al caballo, mirándolo con una sonrisa, los ojos de José lagrimeaban por el dolor.
- Cuando era una niña, envenené al caballo de mi padre, era su favorito, él amaba a ese animal, yo lo detestaba, lo vi morir, vi como su vida se esfumaba, sólo cuando cerró los ojos me sentí complacida, mi padre sufrió por la muerte, creo que lo hizo más que por la muerte de mi madre, vine al mundo y lo primero que hice fue matar a mi madre, ella murió pariendo, vine a vivir a la estancia porque estaba harta de tener que envenenar a  las mascotas de mi edificio, se metía siempre algún gato a ensuciar mi balcón, no soportaba ver personas riendo y viviendo sus vidas con felicidad, odio profundamente a los niños y animales...Aukan me recordó que alguna vez fui una niña, creo que él me recordó que en una época fui feliz al recibir el incondicional amor de un animal, cuando tenía 7 años y mi padre me regaló un conejo, recordé que a ese conejo lo amé, me hacía sentir querida, pero cuando murió me juré nunca más dejarme llevar por los sentimientos, y ahora este caballo que estabas matando lentamente, logró revivir mi infancia muerta,  esa que maté hace mucho tiempo, debo aferrarme a ese recuerdo, debo saldar viejas deudas, debo cuidar de los caballos como lo hacía mi padre, cuando era una niña sólo deseaba haber conocido a mi madre, quería ser la única persona que mi padre amara, él dedicaba su día a los caballos y animales de la estancia, pensé en quitarme la vida muchas veces cuando era sólo una niña, hasta que me di cuenta que ya estaba muerta por dentro, tenía 10 años y sólo el odio me salvo, sólo matar a quien más amaba mi padre me hizo sentir viva,no tenía madre, ni padre, ni nada, por eso maté a su caballo, en el fondo sigo siendo esa niña muerta que necesita matar para tener un poco de vida, ver a Aukan sufrir me hizo entender mi misión, no necesito de un hombre o de alguien a mi lado que me llene de palabras lindas que en el fondo están vacías, que sólo sirven para llenar los oídos pero no te hacen sentir, necesito esa mirada y ese silencio, esa manera de hacerte sentir amado, eso logró Aukan... Esta noche iré por una yegua para que le haga compañía a Aukan, conocí a otro como tú que lastima caballos, no quiero que Aukan se sienta solo… pensé que sería bueno que estas tierras sean sembradas, voy a necesitar abono para que sean más fértiles, tengo mucha tierra que arar, así que anda ¡Muévete! – Dijo Antonia terminando de acomodar la rienda, levantándolo del piso, se subió a la carreta, José no soportó llevar el carro como lo hacía su caballo, antes del atardecer murió.













domingo, 3 de junio de 2018

"La Hora Muerta"¿Un Cuento de terror o un Juego Paranormal?


"La Hora Muerta" Una Historia de Terror Interactiva
¿Un Cuento de terror o un Juego Paranormal?


Tomás Arbe desapareció el 2 de Enero del 2003, su historia ha dejado conmocionada a su ciudad natal, pero su amigo insiste en que Tomás fue víctima de un juego paranormal. Descubrí que hay tras desaparición de Tomás Arbe, siguiendo las pistas e interactuando con la víctima. Elige el final que salve tu vida y rescate a Tomás.



sábado, 2 de junio de 2018

7- Tomas se Despierta




A las tres de la madrugada un sonido lo despertó, en la oscuridad abrió los ojos, miró su reloj pulsera marcaban las 3:03 de la madrugada, se llevó las manos hacia los ojos para frotárselos, se sentó, bostezó con toda la boca abierta y volvió a escuchar aquel sonido, era como si alguien estuviera golpeando muy despacio la puerta, seguido una voz exclamó –“Necesito ayuda” aquella suplicante voz femenina logró arrancarle la borrachera y le resulto familiar, entendió que no era una pesadilla, lo que estaba sucediendo era real, estaba despierto, es más, ella con su voz suplicando lo despertó, lo primero que hizo fue cubrirse la boca con ambas manos, esta vez no acudiría al llamado de la mujer que iba a ser apuñalada, la dejaría morir y no prestaría atención a lo que afuera sucedía,  el palo de beisbol no estaba donde lo había dejado, la voz volvió a exclamar –“Ahí viene por favor ayúdenme” Pero Tomás no quería moverse del sofá, el cuadro en la pared se cayó solo al igual que el teléfono, la mujer gritaba y suplicaba ayuda, se cubrió los oídos con las manos y se inclinó apoyando su cabeza en las rodillas, la mujer que pedía ayuda gritó con todas sus fuerzas – “¡Va a matarme!”. Tomás en su posición apretó los ojos, los gritos desgarradores de la mujer comenzaron a aumentar, estaba siendo atacada del otro lado de la puerta, él sabía que alguien la estaba apuñalando, sabía que moriría,  Tomás entonces se levantó del sofá caminó muy despacio en dirección a la puerta, los objetos ya estaban en el suelo, Tomás fue en busca de su teléfono móvil con toda paciencia, los gritos cesaron.
Ahora reinaba un silencio nefasto y escalofriante, fue hasta la puerta, no se escuchaba nada, posó su ojo en la mirilla,  no había nadie, tomó las llaves y las colocó en la ranura, el asesinó aún estaba ahí del otro lado, él lo sabía, sabía todo lo que pasaría, Tomás comenzó a reír como orate  - “¡Abre maldita sea!” Gritó el asesino, el asesino golpeaba con fuerza intentando derribar la puerta, Tomás continuaba riendo, de la risa paso automáticamente al llanto ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué aquella mujer insistía en su puerta si él no iba a salvarla?
Tomás no encendió las luces, de todas formas la electricidad iba a cortarse en la casa, fue hasta el sofá y espero, en el silencio absoluto y en la más completa oscuridad esperó has que escuchó – “Necesito ayuda”-  sabía que ella estaba sentada a su lado, lo sintió en los cojines, la iluminó con su teléfono móvil utilizándolo como linterna, la mujer completamente ensangrentada sentada a su lado lo miraba por entre sus cabellos ensangrentados que cubría su rostro – “Tomás Ayúdame”- Dijo ella y se inclinó vomitando los pies de Tomás.
 -No puedo ayudarte ya estas muerta, nada de lo que haga va a evitarlo.- Susurró tristemente Tomás, ella le señaló la puerta, Tomás se levantó del sofá y caminó hasta allí, sus pies desnudos chocaron con el cuadro en suelo, lo levantó para iluminarlo con su teléfono celular, pero antes la observó a ella, luego miró el cuadro, era una fotografía típica de bodas, Tomás de frac y su esposa con aquel hermoso vestido blanco, detrás de ellos un árbol de navidad puesto junto al pesebre en la iglesia donde se casaron, la fotografía tenía una fecha “ 2 de enero 2001”  Tomás dejó caer el cuadro y la observó, la mujer rubia ensangrentada había sido su adorada esposa, - ¡Isadora eres tú!- Exclamó asustado,  giró la llave para salir de la casa, se sentía aturdido al abrir la puerta,  frente a él estaba el asesinó sosteniendo en su mano el cuchillo ensangrentado, Tomás lo observó por unos segundo, cuando el hombre alzó el cuchillo para apuñalarlo Tomás se desmayó por instinto.
A las tres de la madrugada un sonido lo despertó, en la oscuridad abrió los ojos, miró su reloj pulsera marcaban las 3:03 de la madrugada, esta vez Tomás se incorporó del sofá rápidamente la borrachera se esfumó, corrió hacia la puerta tomó las llaves tembloroso y agitado, las colocó en la cerradura, en el primer intentó no logró girar la llave como si estuviera trabada, una suplicante voz femenina exclamó –“Necesito ayuda”. Los objetos cayeron solos al suelo, desesperado intentaba abrir la puerta, la mujer que pedía ayuda gritó con todas sus fuerzas – “¡Va a matarme!”.
Tomás gritó - ¡Abre Maldita sea!
Los gritos desgarradores de la mujer comenzaron a aumentar, estaba siendo atacada del otro lado de la puerta, Tomás entonces logró girar la llave en la cerradura, la mujer gritaba y suplicaba ayuda, abrió la puerta sin dudar, le dio un golpe certero con su puño en la cabeza al hombre que apuñalaba a la mujer, luego lo empujó para que la dejara,  la tomó a ella de las piernas y la introdujo a la fuerza dentro de su casa, luego dio un portazo para cerrar, la mujer estaba bañada en sangre la alzó en sus brazos y la recostó sobre el sofá, ella temblaba estaba muriendo.
-      - No puedo salvarte, ya es tarde.- Dijo Tomás entre sollozos, ella cerró sus ojos.
Ahora reinaba un silencio nefasto y escalofriante, - “¡Abre maldita sea!” Gritó el asesino, el asesino golpeaba con fuerza intentando derribar la puerta, él la miraba a los ojos pensó en que quizás la conocía, la electricidad se cortó, Tomás tomó su teléfono celular, la iluminó ella lo observaba directamente a los ojos, le señaló la puerta. Tomás se levantó del sofá y caminó hasta allí, sus pies desnudos chocaron con el cuadro en suelo, lo levantó para iluminarlo con su teléfono celular, miró el cuadro, era una fotografía típica de bodas, Tomás de frac y su esposa con aquel hermoso vestido blanco, detrás de ellos un árbol de navidad puesto junto al pesebre en la iglesia donde se casaron, la fotografía tenía una fecha “ 4 de marzo 2000” Fecha en que contrajeron matrimonio. Tomás dejó caer el cuadro y la observó, la mujer rubia ensangrentada había sido su adorada esposa, - ¡Isadora eres tú!- Exclamó aturdido, ella le hizo un gesto afirmativo con su cabeza.
-       Lo siento amor mío no pude salvarte...- Dijo Tomás.
 Recordó que la noche del 2 de enero del 2002,  después de la cena, ellos habían tenido una discusión porque Tomás había bebido en exceso, entonces Isadora molesta se fue cerca de la once de la noche hasta la casa de sus padres que vivían a seis cuadras de distancia, su esposo siguió bebiendo solo en la casa, hasta que la borrachera lo dejó tumbado en el sofá, cerca de las 3 de la madrugada Isadora regresó a su casa y fue atacada a una cuadra de su casa por un hombre que intentó violarla, cuando llegó a su casa notó que no se había llevado sus llaves, llamó con desesperación a su puerta pero su esposo alcoholizado no la escuchó sino hasta que ya había recibido varias puñaladas, llevaban a penas un año de casados, luego de recordar Tomás se desmayó.

Cuando abrió los ojos eran cerca de las once y treinta de la noche, se levantó desesperado y buscó el diario en la mesa, lo tomó y leyó, 2 de enero 2003, se realizará una misa a cielo abierto en la plaza principal de la ciudad por el día de los muertos, se pide a los vecino que concurran a las 17 hs… otra de las noticias decía “El 2 de enero se cumple dos años del trágico homicidio de Isadora Abril Méndez,  sus padres piden a los vecinos que asistan a la misa por el descanso de su alma y por justicia, recordemos que  jamás se apresó al culpable”… Tomás al terminar de leer, se tomó la cabeza con ambas manos, ¿Acaso había logrado su tan ansiado viaje en el tiempo? Desde el asesinato de su joven esposa que buscaba la forma de viajar en el tiempo para salvarla,  ¿O estaba perdido entre ambos mundos al caer en la hora muerta? La Hora en que los muertos pueden atravesar el umbral,  tomó la botella de vino tinto y bebió directamente del pico, debía de esperar hasta las 3:03 esta vez la salvaría, no podía dejarla morir nuevamente ahora que tenía la oportunidad de salvarla, luego se lanzó sobre el sillón lloró con hondo dolor, los parpados intentaban vencerlo, no quería dormirse,  miró la hora eran 00hs, sin darse cuenta se quedó dormido.
A las tres de la madrugada un sonido lo despertó, en la oscuridad abrió los ojos, miró su reloj pulsera marcaban las 3:03 de la madrugada, se llevó las manos hacia los ojos para frotárselos, se sentó, bostezo con toda la boca abierta y volvió a escuchar aquel sonido, era como si alguien estuviera golpeando muy despacio la puerta, seguido una voz exclamó–“Necesito ayuda”- aquella suplicante voz femenina logró arrancarle la borrachera. 

Para conocer el final has clic en el siguiente enlace

jueves, 24 de mayo de 2018

"Los Amantes" Un cuento de terror de Zombies L.C.D




Los Amantes



  Espero que en algún momento su alma descanse eternamente en paz, que deje de vagar por esta tierra, él ya no pertenece al mundo de los vivos, su lugar  ahora corresponde al reino de los muertos, ¡Pobre Edgar! cada vez que paso por el lugar donde fue hallado su cuerpo, me persigno y pido a dios por el descanso de sus almas, recé tanto por mi compañero que a veces creo que fue en vano, eché tantas plegarias inútiles al cielo suplicando para que mi amigo encontrará la manera de vivir sin ella, pero Edgar no le pedía a los santos ni a los arcángeles ni a virgen ni dios, él provocó al infierno,  una tarde me dijo - Si es verdad que existe el diablo que la traiga de regreso, porque tu maldito y adorado dios no quiere escucharme.-
Edgar suplicó al mismísimo demonio y quizás fue culpa de haberlo desafiado todo este desastre que ocurrió, quizás  condenaron su alma,  porque sé muy bien que ni aun estando muerto encontró la paz. Por favor les pido que me crean, Edgar era mi gran amigo de la infancia, éramos inseparables y durante los últimos once meses de su vida, no contestaba mis constantes llamados telefónicos, ni atendía los golpes a la puerta de su casa, sólo gritaba del otro lado que me marchara, tenía miedo que Edgar cometiera un terrible error,  Edgar se suicidaría estaba seguro, sabía cuánto la amaba, él respiraba por ella y ella ya no estaba, ya habían pasado ocho meses desde el asesinato de Lucía y mi amigo se encerró en su pequeña casa y ya jamás volvió a ser el mismo, los dos primeros meses pensé que era normal, estaba de luto por la pérdida de su gran amor, luego supe que acudía a espiritistas y brujos en busca de alguna pócima que despertara a Lucía de la muerte, ¿cómo no preocuparme por su integridad por su salud mental? Entonces comencé a seguir cada paso suyo, lo perseguía como el mejor de los espías, una tarde de 16 de Junio de 1952, regresaba a casa y lo encontré inclinado sobre la hierba con una lupa en su mano, me dijo que buscaba una planta que necesitaba urgente para sus experimentos, aquella tarde lo ayudé a juntar flores y platas, caminamos por el bosque, por los caminos de tierra alejados de toda presencia humana, por carreteras donde ni automóviles pasaban, íbamos buscando una especie de plata muy rara, cortando todo tipo de hierbas, el estramonio provocó en Edgar una enorme y desfigurada sonrisa en su rostro, la belladona lo llevó a la melancolía, me ordenó ponerme un pañuelo sobre la nariz mientras guardaba bayas de esta flor en un frasco, me dijo - La belladona es una planta de la familia de las solanáceas, sus bayas son negras y brillantes, de un tamaño similar al de las cerezas, las ves, son tan hermosas, aunque su sabor es amargo, contienen un alcaloide llamado atropina, en pequeñas dosis provoca alucinaciones, delirios, pérdida de memoria, parálisis y hasta la muerte, lo más interesante es que una única baya puede matar a un niño, su uso se remonta a la Antigüedad, la llaman la droga o la flor de las brujas, la faceta venenosa de la belladona despertó el interés de la reina Cleopatra, vislumbró su uso cuando planeaba su suicidio, tú sabes muy bien que la botánica y la ciencia son mi trabajo, he traído diferentes especies de  África,  IndiaCaribe, y .así querido amigo una gran variedad de plantas, hongos y drogas de laboratorio podrían ser capaces de despertar a un cuerpo muerto, no sólo llevarte a la muerte.-
-       ¿Qué piensas hacer? ¿Planeas traer de la muerte a Lucía?- Le pregunté.
-       Sólo divagó, investigo probabilidades, un cuerpo muerto no puede volver a la vida, quizás la atropina junto a la adrenalina entre otras drogas pudieran revivir un corazón ¡Pero no, no es suficiente!.. No dejo de pensar, analizo y pienso en que quizás si el cerebro recibe un junto de drogas especificas…No me hagas caso es una locura.- Dijo Edgar, se veía ansioso y hacía pausa luego levantaba la voz.
-       Lo que sucedió con Lucía es lamentable, triste y horrible, pero déjala descansar.- Le dije.
  
 Lucía y Edgar se conocieron en la adolescencia, era la fiesta de quince de mi hermana menor, ella tenía 17 años y él 24, se veían a escondidas de sus padres, se amaban demasiado, cuando Lucía cumplió 18 años contrajeron matrimonio, jamás podré olvidarlo, fue una boda encantadora, la vida les sonría, en todo les iba bien, compraron una hermosa casa cerca del hospital donde él trabajaba, eran un matrimonio feliz. A los tres años de casados ella quedó embarazada, la vida no podía ser más maravillosa para ellos, hasta que una tarde, él recibió la terrible noticia de que su esposa había sido arrollada por un hombre ebrio frente a su casa, esto le provocó que el parto se adelantara, Edgar sólo llegó a verla minutos antes de ser ingresada a la sala del hospital donde daría a luz a su hijo, Lucía tenía golpes demasiados notorios por el accidente, le dijo entre susurros – Mi amor, tengo miedo, recuerdas cuando éramos novios que todos los viernes nos veíamos a las 3 de la madrugada en la plaza…-
-Ya no hables, debes juntar fuerzas para traer al pequeño, te amo Lucía.- Dijo Edgar.
- Escúchame,  si muriera hoy, sé que ni la muerte podrá vencernos, volvería por ti cada viernes en la noche sólo para amarte, siempre seré tuya.-
Lucía murió aquel nefasto día después de dar a luz a un bebé muerto.

Edgar estaba destrozado por el dolor, su amada y su hijo habían muerto, hace cuatro semanas que mi amigo camina en esta tierra viéndose como un muerto vivo, no soportó verlo así, ¿Cómo no pensar que él cometería un terrible error? Toda su vida se derrumbó por culpa de un borracho, y ahora cuatro semanas después estaba planeando revivir el cuerpo de su esposa, Edgar había enloquecido, por eso decidí seguirlo, tenía miedo que matara a Oscar el conductor del automóvil que atropelló a Lucía,  o que se suicidara, lo que fuera que él tuviera en  mente yo lo evitaría.

Como cada día al caer el ocaso Edgar, se ponía su mejor traje, cortaba rosas rojas para llevarle a su tumba, caminaba lentamente con una enorme sonrisa dibujada en rostro hasta el viejo cementerio, donde le hablaba a la tumba de Lucía, lloraba, se reía, pasaba toda la noche allí, lo observaba un rato y luego lo dejaba solo en su delirio, seis semanas desde la muerte de Lucía y él ya no hablaba conmigo, sólo seguía su rutina,  no es fácil estar en el cementerio al caer la noche, ver a mi amigo llorar junto a las tumbas unidas de su amada y su hijo. En el pueblo se decía que Edgar se encontraba con el espíritu de su difunto amor cada noche, una vez un sepulturero dijo haberlo visto acunar a un bebe sentado en la tumba de Lucía, otros dijeron que lo habían visto encender velas negras, para invocar la presencia del espíritu de su difunto amor, conocen seguramente el dicho de, “pueblo chico, infierno grande”, tantas cosas se decía sobre Edgar que era estúpido creer alguno de los comentarios. Pero al fin descubrí la verdad, una noche me quedé escondido, observando lo que él  hacia allí, lo vi recostarse en la tumba de Lucía, jamás olvidaré aquella noche de viernes, cabeceaba evitando dormirme, cuando oí a Edgar gritar
-       Lucía te amo”.
Mis ojos apenas pudieron creer lo que estaba viendo, el terror comenzó a asfixiarme, me temblaban las manos y las piernas, Lucía había salido de su tumba, se besaban, tenía puesto un largo vestido negro de encaje roto, su cabello estaba largo revuelto, sucio, estaba en estado de descomposición, ya casi no podía reconocerse, no queda casi nada de la mujer hermosa de cabello dorado que él amaba con locura, podían verse de un costado de su rostro en putrefacción, todas sus muelas, me acerqué con cuidado arrastrándome por el pasto, cuando se besaban, unos gusanos caían de su cuello, sus manos estaban casi negras, Edgar le hizo el amor sobre la tumba. Después entre los dos, quitaron la tierra de la tumba de su pequeño niño, no pude creerlo, el bebé comenzó a gritar y Lucía lo puso sobre su pecho marchito y seco, luego Edgar lo acunó hasta dormirlo, ella balbuceaba palabras que no se comprendían debido al estado de pudrición de su lengua, resultó que él había encontrado la fórmula exacta para revivir a su esposa, traerla del reino de los muertos, por supuesto  la llevó a su casa.
Al día siguiente el pueblo entero hablaba sobre la casa de Edgar, había tapiado las ventanas y puertas y se escuchaban gritos, intenté hablar con él pero apenas lo vi, quitó una de las maderas y asomó medio rostro para verme, estaba llenó de moretones y cortes en su rostro, cuello y manos, - Debes regresarla a la tumba.- Le dije.
-       Cualquier persona que se atreva a tocar a mi familia la mataré con mis propias manos, vete y no regreses nunca más.- Me dijo, su mirada era triste.
-       Entiéndelo Edgar, ella no es tu esposa, sólo dios sabrá que es ahora, salva tu vida mi querido amigo.- Le supliqué.
-       Es tarde, lo siento Antonio.- Dijo Edgar y cubrió la ventana.

 Durante los tres días siguientes  pasaba por ahí, podía escuchar los gritos desgarradores de Lucía, y hasta los pude ver espiando por entre las maderas en las ventanas del living,  Edgar la besaba como si ella no estuviera muerta, le habla, reían, lloraban, ella lo mordía cada vez que él intentaba abrazarla, el bebé lloraba sin cesar.

Aquella noche, Edgar asesinó brutalmente a Oscar Fernández el conductor del automóvil que terminó con la vida de su familia, lo mató a golpes con sus propios  puños, imagínese la ira de Edgar mientras terminaba a golpes con su vida , dicen que estaba tan golpeado que era irreconocible,  después de vengarse del hombre que mató su sueño de amor, provocó un incendio en su casa, murió con su familia,  jamás olvidaré a mi mejor amigo, esta bella y trágica historia de amor con el correr del tiempo la creerán una leyenda urbana, contarán cientos de historias sobre ellos, los difamaran, los veneraran, pero yo soy quien tiene la verdad, Edgar creo el virus T1RV10 en año 1952, conocido hoy como el virus zombie,  ya estoy demasiado viejo y lleno de recuerdos, han pasado cuarenta años, su casa fue reconstruida por la hermana menor de Edgar, quien estaba más loca que él, seguramente alguno de descendientes descubrió el  laboratorio que Edgar tenía en el sótano y provocó que los muertos regresen a la vida.


lunes, 14 de mayo de 2018

Cuentos Negros “La Enamorada” Cuento II.




Cuento II

“La Enamorada”




Sábado. Diciembre de 1964


  Era una tarde calurosa del mes de noviembre, el pronostico del tiempo en la radio local anunciaba fuertes tormentas, apagó la radio y bebió un pequeño trago de vino blanco, luego dejó la copa sobre la mesa, Rebeca preparaba la cena, tenía la mirada fija en la zanahoria que reposa sobre la tabla de madera, "-El secreto de esa salsa es una pizca de nuez moscada"- Dijo una voz a su oído. Rebeca se dio media vuelta y observó a su tía atravesar el umbral de la puerta de la cocina, antes de salir le brindó una tenue sonrisa. -¡Gracias! Lo había olvidado.- Dijo Rebeca.
 Dejó el cuchillo despues d picar las verduras, se lavó las manos por quinta vez desde que había empezado con la preparación de la cena, miró por la ventana, afuera el viento sacudía la ropa tendida por la mañana. Observó el cielo y pudo ver unos rayos que pronosticaban tormenta, se sentía un tanto nerviosa debido a que aquella noche tendría invitados, hacía unos meses que no recibía a nadie en su casa, sus suegros y sus padres estaban a punto de llegar, sin contar que conocería a los compañeros de trabajo de su esposo.
 Rebeca era una mujer perdidamente enamorada, corría el año 1964, en aquellos años la mujer solía quedarse en su hogar para llevar a cabo los quehaceres domésticos, atender a los hijos y cumplir con sus obligaciones maritales, Rebeca esperaba todas las tardes a su esposo sentada junto a su ventana tejiendo o bordando, siempre tenía alguna actividad que hacer en su casa, por ejemplo pasaba más de seis horas del día limpiando, le gustaba sacarle brillo a las perillas de las puertas, ordenar los libros en la biblioteca alfabéticamente, y hasta contaba las pasadas del trapo que daba en cada rincón de la casa, eran diez por rincón, enceraba todos los pisos,  limpiaba los vidrios y espejos con alcohol fino, desinfectaba el baño con amoniaco y cepillaba con cloro 6 veces al día los dos inodoros,  su obsesión por la limpieza era extrema, hasta usaba un cepillo de dientes para fregar los lugares donde no llegaba y siempre quedan sucios, a veces su marido se lo tomaba como algo gracioso, al verla pulir todos los grifos con obsesión, el jugo de limón con bicarbonato era su tesoro más preciado a la hora de pulir, era precavida de no rayar los metales, su trastorno compulsivo empeoraba día a día, en ocasiones se ofrecía para ayudar a limpiar en la capilla del barrio, pero en realidad lo que a Rebeca le sucedía era algo muy serio, no era un motivo de burla su estado emocional, su esposo no le daba la atención que requería, ella sentía que debía descargar sus sentimientos reprimidos de alguna manera.
  Su vida se basaba en los miedos, en pensamientos horribles que la asechaban gran parte del día, en repetir acciones, en constantes depresiones y obsesiones, Rebeca sufría en silencio, nunca se quejaba de nada, presa de su propia mente cumplía una rutina diaria como para poder seguir adelante. Desde que su hija nació su trastorno había empeorado, constantemente pensaba que algo malo iba a sucederle a su familia, y ese pensamiento una vez instalado en su mente no la quería liberar, hasta que bajaba su nivel de estrés por supuesto limpiando, hasta un mínimo grano o lunar en su hija, que ella creía que sufría una enfermedad terrible e incurable.
 Se había casado a los 18 años con un joven prometedor, cuya familia tenía una excelente posición económica, en cambio ella venía del seno de una familia pobre que había inmigrado a Argentina a causa de la primera guerra mundial,  a los veinticuatro años  tuvo su primera y única hija, la llamo Laura, era la luz de sus ojos,  había dedicado su vida a su matrimonio y a su pequeña niña. 
A Rebeca le apasionaba la cocina, le gustaba cocinar,  entonces realizó varios cursos inclusive el de repostería, ella soñaba en su adolescencia con ser una médica veterinaria, pero en cambio se sentía más que realizada y feliz siendo una dulce y dedicada ama de casa y madre . Rebeca intentó tener más hijos, pero no lograba mantener a sus bebes en su cálido vientre,  había perdido más  de cuatro embarazos pero aún soñaba con tener otro  bebé fruto de su inmenso amor por Juan , el amor que sentía por su esposo era profundo y sincero,  aunque también se tornaba un tanto enfermizo, a tal punto de llegar a la obsesión, doblaba y planchaba su ropa interior, le sacaba brillo a sus zapatos, le daba masajes en las noches, lo cuidaba como si fuera el un niño, dedicaba cada día a su esposo y a su hija, y calmaba sus demonios con su trastorno obsesivo por la limpieza. 

 Laura ingresó a la cocina corriendo, metió el dedo en el merengue italiano recién terminado. - ¡Esta delicioso mamá!- Exclamó sonriente la niña.
-         ¡Niña! lávate las manos antes de poner tu dedo en la boca.- Le dijo Rebeca, decorando el pastel que serviría como postre, Laura se sentó junto a la mesa.
-         Come todo ahora que está caliente y después a la cama.- Le dijo Rebeca sirviéndole un plato de fideos, la niña de doce años miraba a su madre mientras que esta le cortaba en pequeños trozos una porción de pollo que acababa de sacar el horno,
-         Mi preferido mami ¡te amo!- Le dijo la niña.
-         Yo también te amo mi niña hermosa.- Exclamó Rebeca, miró el reloj en la pared este marcaba las  ocho.
-         ¿Quiénes vienen hoy a cenar?- Le preguntó Laura.
-         Los abuelos y algunos amigos de tu padre, es una cena para adultos, que hablan cosas que las niñas como tú no deben escuchar, por eso hoy debes de dormirte un poco más temprano.- Le explicó Rebeca y luego la besó en la frente.
-         Y…¿Viene la tía Ana?- Prosiguió  la niña
-         ¡Si! También viene ella- Respondió Rebeca mientras iba y venía de la cocina a la sala haciendo los últimos preparativos.
-         Y… ¿Qué hiciste de comer?- Seguía la niña preguntando.
-         De plato principal carne asada, también pollo, diferentes ensaladas, entre varias cosas más.- Respondió Rebeca cerrando la bolsa negra que contenía basura.
-         Te van a halagar mami, eres una cocinera de lujo.- Dijo la niña.
-         Que cabeza la mía tengo algo para ti, un regalo, hace dos días fui a un lugar muy lindo y te compré un regalo.- Le dijo Rebeca y le dio un paquete, la niña lo abrió sonriendo, cuando lo vio su emoción fue muy grande, tanto que abrazó a  su madre por la cintura y la apretó muy fuerte,
-         ¡Gracias! Eres la mejor madre del mundo, siempre quise una muñeca de estas.- Dijo con una sonrisa enorme.
-         La señora Meyer me dijo que vino directo de Alemania, era de una mujer que coleccionaba muñecas. Laura le dio un beso a su madre y se fue a la cama.

 Aquella noche Juan llegó a las nueve como de costumbre, al ingresar a su casa, notó  a su esposa un tanto extraña en su comportamiento, se la notaba ansiosa, había estado toda la tarde cocinando y preparando todo, le gustaba lucirse en este tipo de ocasiones especiales y esa noche no sólo celebrarían su aniversario de casados, estaba radiante, maquillada y bien vestida, todo se veía perfecto, los pisos de madera relucientes, la bajilla brillaba frente a las velas prolijamente puestas en candelabros,  todo estaba en penumbras, su esposa lo esperaba sentada junto a la  mesa servida y preparada para una cena muy especial,  las velas rojas la iluminaban. -  ¡Buenas noches cariño! Necesito hablar contigo cuando todos se marchen.- Le dijo Juan besándola en la frente, y encendiendo las luces.
- Tienes sobre la cama la ropa lista y planchada. – Le dijo Rebeca mientras que él subía las escaleras, el timbre de la puerta la hizo sobresaltar, los invitados comenzaban a llegar.
Rebeca preparaba los platos de los comensales, - Disculpa mi demora, tuve que esperar a Sergio para que me traiga.- Le dijo Ana su amiga de la infancia.
-         No hay problema, la mayoría llegaron algo tarde.- Le respondió mordiéndose el labio inferior.
-         Te ayudo quieres...llevó las bolsas a fuera, ¿Cómo estás? Te ves estresada.- Le dijo Ana.
-         ¡No! deja las bolsas yo me encargo…Estoy bien, es sólo que no descansé, dormí solamente dos horas, no por los preparativos de la cena, sino que por cuestiones personales.- Le dijo y la miró a los ojos.
-         ¿Otra vez Juan llegó tarde? O ¿Tienes pesadillas otra vez?– Preguntó Ana poniendo aderezo a un costado de los platos.
-         Mi esposo y yo, ya prácticamente no hablamos, llega tarde todos los días, me tiene ya sin cuidado, tu sabes que él tiene una amante.- Dijo Rebeca
-         Los hombres son así, no hagas caso, pican pero siempre vuelven al nido.- Dijo Ana.
-         Esta vez no fue un amorío, esta vez se enamoró.- Dijo Rebeca
-         ¡No amiga! No digas eso, Juan jamás te dejaría... ¿Tienes idea de quién es la amante?- Preguntó Ana.
-          No, no tengo la menor idea, pero siempre que lavo su ropa, tengo la costumbre de oler  todo… Pero… ¡No importa!, vamos a llevar los platos, tienen hambre.- Dijo Rebeca colocando más carne asada en las  bandejas.
-         Creo que cocinaste demasiada carne.- Dijo Ana al ver las bandejas
-         ¡Nunca es suficiente!- Exclamó Rebeca.
-         Está muy deliciosa… es una carne muy tierna.- Dijo Ana probando un trozo.

  Rebeca observaba a los comensales servirse más y más asado de las bandejas, aquellas bocas llenas de carne la satisfacía, verlos masticar felices era lo que más había deseado desde el instante en que condimento y preparó la carne y las achuras, le parecía escuchar sus dientes triturar los pedazos de carne, los miraba mientras devoraban todo el asado con el cual los había deleitado, miraba uno por uno de los comensales, cada mano que introducía el tenedor con el pedazo de la jugosa carne roja, los miraba con su copa de vino blanco en la mano, se sentía complacida, todo cocinero ansía ese momento, habló muy poco durante la cena, de repente su primo se puso de pie,
- ¡Rebeca! gracias por esta maravillosa cena- exclamó con el vaso de vino tinto en alto, su amiga Ana aplaudió, y luego todos los comensales comenzaron a aplaudirla. 
Aquellos aplausos la emocionaron hasta dejar caer unas lágrimas. Mientras que su esposo hacía un llamado telefónico,  ella servía el postre,  su marido se sirvió un  poco de vino blanco,  la miró y le sonrió, ella aún traía puesto su delantal de cocina sobre su vestido de lunares negros.
  Rebeca era una mujer muy femenina, tenía treinta y seis años, sus ojos eran color marrón y su cabello oscuro, era una mamá y esposa de tiempo completo, dedicada a su familia, nadie entendía porque su esposo le era infiel, apenas llevaban un año de casados y Juan ya tenía una amante, siempre la había engañado, a veces se iba con alguna amante a pasar todo el fin de semana y ella siempre lo perdonaba, aunque su matrimonio seguía en pie, él se aprovechaba y tenía salidas nocturnas con frecuencia, cuando ella se iba a dormir, él se levantaba de la cama tomaba las llaves del auto y salía a la calle.  
 Rebeca lavaba los platos, todos  ya se habían marchado, su esposo la abrazó por detrás y besó su hombro, eran las dos de la madrugada.
- Sergio ya está borracho, mejor nos vamos yendo a casa, gracias por la invitación.- ahora ellos estaban solos.
 - La cena estuvo deliciosa mi amor.- Le dijo Juan, Rebeca sonrió.
- Mi madre era una gran cocinera y aún conservó todos sus secretos…  a todos les encantó la comida,  hasta pediste que te sirviera más…  ¿Marta por qué no vino a la cena de celebración?  en otras ocasiones ella entró a mi casa. –  Dijo Rebeca,  sonreía con la boca abierta. Juan no entendía.
-         ¡No sé! pero que importa.- Respondió Juan
-         ¡Marta la estudiante de enfermería! De ella hablo, de tu amante - Exclamó ella mientras secaba los platos, luego rompió uno contra el suelo y salió de la cocina, quitándose el delantal, Juan la persiguió.
- ¿De qué estas hablando Rebeca?..¿Quién te dijo lo de Marta?- Le preguntó molesto
- Era de ella de quien quería hablarte, cuando llegué a casa te dije que teníamos que hablar, me enamoré de ella y me voy a ir...Te dejó, ya no quiero seguir contigo. - Dijo Juan.
- ¿Me vas a abandonar por una mujer más joven  Juan?- Dijo Rebeca.
- Ya pasamos por esto una vez, Rebeca no me lo hagas más difícil.- Gritó Juan
- ¡Cállate! No grites despertaras a la niña.- Dijo Rebeca tranquilamente.
- Estas loca Rebeca, no soporto más esto.- Dijo Juan, se sentó en el sillón de la sala. Rebeca se sentó junto a él, la luz de las velas los iluminaban, la sala estaba en penumbras, entonces ella se encendió un cigarrillo.
- ¿Es porque no pude tener más hijos?- Le preguntó.
-¡No! Es que tú no te das cuenta de lo mal que te encuentras.- Dijo Juan.
- ¿Me internaste en aquel hospital para enfermos mentales tres semanas, para estar con ella Juan?- Le preguntó su esposa.
- ¡No! Eso no es así, intentaste suicidarte, tomaste un frasco de analgésicos.- Respondió Juan.
- Tú sabes que las voces y los espíritus no me dejan en paz.- Dijo ella atormentada.
- Te internaron por ese motivo y aún sigues diciendo que ves a tu tía que murió, que cada vez que ella se aparece es porque algo va a pasar…No es nada fácil aceptar tu locura ¡Me harte!- Dijo Juan.
- Acaso mentí alguna vez, mi tía apareció el día del accidente múltiple en la ruta, te advertí, tomaste otro camino y eso te salvo la vida… ¡No miento!- Dijo ella.
- Fue una coincidencia, no creo en espíritus… - Dijo Juan, se rascaba el cabeza nervioso.
- Tu hija casi muere en un accidente, ese día mi tía se apareció a un costado de la carretera, estaba tan molesta que no preste atención a su señal…casi morimos todos… ¿Crees que es divertido ver a los muertos? Te juro que no lo es…No sufro de sicopatía ni nada… ¿Por qué Juan? ¿Por qué no crees en mí y nos abandonas?- Preguntaba Rebeca.
- Estoy harto no me entiendes, no soporto más tus alucinaciones, eres una mujer muy sumisa, siempre agachando la cabeza, siempre pidiendo disculpas, quiero una mujer no una sirvienta…- Gritó Juan
- Todos lo sabían menos yo, todos sabían que esta cena no era por nuestro aniversario… era porque festejaban tu renuncia y tu nuevo empleo en Brasil, te ibas a ir con tu amante mañana, encontré los pasajes, esto fue tu despedida Juan no un festejo de aniversario.- Dijo Rebeca.
- ¿Cómo sabes de los pasajes? Los pasajes los tiene Marta.- Preguntó Juan.
- Tengo que confesarte algo Juan… - Dijo Rebeca su miraba se veía desquiciada.
- Hable con Marta, ella me dijo todo.- Le explicó Rebeca.
- No debiste ir a verla… ¡Estas demente!- Dijo Juan poniéndose de pie.
- ¡Espera!... Hice algo… la carne asada... ¡Era Marta!... Me costó mucho quitarle el corazón de su pecho, fue mucho  trabajo limpiar la cocina, borrar todo rastro del asesinato en su casa y aquí.- Dijo y se acercó a él.
-  ¿Qué hiciste Rebeca? - Preguntó asustado, corrió a la cocina,  miró los restos de comida en la basura.
-    Te estuve siguiendo, sé que se revolcaban cada tarde en su casa, ayer los seguí, le arranqué su corazón…Me rompiste el corazón Juan, ella era muy joven ¿Cuántos años tenía?... Marta me gritó que tendrían un hijo, eso rompió mi corazón Juan ella estaba embarazada y yo no puedo darte más hijos.-  Dijo y se dejó caer al suelo comenzó a llorar y gritar.
- Ibas a dejarnos Juan, a mí y a tu hija.- Exclamó Rebeca, Juan se quedó inmóvil, en silencio.
- ¡La cenamos! la comieron entre todos, todos comieron su carne.- Repetía Rebeca.
Juan comenzó a vomitar en el lavamanos, abrió el grifo y mojó su rostro, ella se dejó caer al suelo.

Ambos sentados en el piso de la cocina miraban las bolsas negras, Rebeca se había confesado con su esposo, había acabado con la vida de su amante, la había apuñalado con una furia incontrolable, acaba de confesarlo con una fría mirada. Rebeca se levantó del suelo, miró a Juan, quien estaba atónito por todo lo que su esposa le dijo, Rebeca se lavó las manos, fue exagerada con el jabón blanco y el cepillo, él se puso de pie.
-         ¡Lo siento!- Exclamó Juan.
-         Es tarde para sentirlo, tú no me creías cuando te decía que iba a matarla, ¿Por qué Juan? La noche anterior habíamos hecho el amor, te amo mi vida, ¡Te amo tanto!- Dijo Rebeca.

Un día atrás. Viernes. Noviembre de 1964

  Rebeca observó para ambos lados en la calle, era una tarde gris y calurosa, parada frente a su puerta dudo un instante en llamar, pero debía saber la verdad, los había visto juntos, sabía que ella era la amante de su esposo, un presentimiento nefasto sacudió su alma, no iba a dejar que ella le robara a su esposo, la había visto salir del bar donde acababa de almorzar con él, Juan le había dado de comer en la boca, habían brindado y se notaban acaramelados, lloró al verlos enamorados, Rebeca los siguió sin que ellos la percibieran, los vio cuando ingresaron a la agencia de viaje para comprar dos pasajes de avión, él la abandonaría. Esperó pacientemente dentro de su automóvil a que salieran del albergue transitorio, donde estuvieron un turno de dos horas, se los imaginaba haciendo el amor, la ira comenzaba a acumularse dentro de su ser atormentado, después él la dejó en la puerta de su domicilio y volvió a su trabajo, allí se besaron largamente como adolescentes, la muchacha era muy joven y hermosa, Rebeca se sintió inferior en belleza cuando la vio, cuando su esposo puso en marcha su automóvil y desapareció en la esquina, Rebeca bajó de su auto aparcado a media cuadra de la casa de la amante.
Al fin tomó coraje y tocó el timbre, la muchacha abrió la puerta con una sonrisa enorme preguntando. -¿Qué te has olvidado mi amor?- Al ver a una mujer extraña quitó rápidamente su sonrisa.
- Buenas tardes señorita, me llamo Rebeca.- Dijo extendiendo su mano, la chica apretó su mano devolviéndole el saludo con una pequeña sonrisa forzada.
- ¿En qué puedo ayudarla?- Le preguntó con la voz temblorosa, la mujer tenía una mirada penetrante, sus enormes ojos eran atemorizantes, la muchacha se sintió intimidada.
- Tú sabes quien soy, soy la esposa de Juan, tu amante.- Le dijo Rebeca tranquilamente.
- ¡Sí! Lo sé, pero debería hablar con su esposo no conmigo señora.- Dijo la chica
- ¡Niña! Que modales los tuyos, no me vas a hacer pasar, creo que debemos hablar.- Dijo Rebeca e ingresó a la casa sin su permiso, la chica cerró la puerta.
La casa de la muchacha estaba sucia, había ropa interior arrojada sobre el sillón y olía a humedad.
-         ¿Cuánto hace que se revuelcan?- Le preguntó, la muchacha la miró con vergüenza.
-         ¿Cómo te llamas? Cuéntame ¿Se van de viaje?- prosiguió Rebeca.
-         Marta es mi nombre, y usted  debe saber que Juan y yo… ¡Nos amamos!- Exclamó.
-         Lamento informarte que mi esposo ya paso por esto, hace un tiempo tenía una amante, me dijo que se iba de casa para estar con ella y ya ves seguimos juntos, tu eres algo pasajero para él.- Dijo Rebeca.
-         En esa ocasión no la dejó porque usted tuvo un accidente, yo comprendí lo sucedido y decidimos esperar a que se recuperará, no fue fácil para él.- Dijo Marta.
-         Así que eras tú la amante de hace dos años atrás, en ese accidente casi muere mi hija, yo conducía desesperada y tuvimos un accidente en la ruta ¡Fue tu culpa!- Dijo Rebeca abrió su cartera.
-         Va a tener que marcharse de mi casa señora.- Dijo la chica.
-         Dime niña, ¿Por qué crees tú que traigo guantes de cuero en pleno verano?- Preguntó Rebeca, extrajo entonces un cuchillo de su bolso, la muchacha corrió al teléfono, Rebeca la atacó por la espalda.
-         Estoy embarazada señora ¡Por favor déjeme!- Dijo Marta.

  Rebeca se sintió realmente mal con aquellas palabras, sin dudarlo tan sólo un momento le dio una puñalada en el vientre, la chica se sacudía en el suelo con el tubo del teléfono en la mano, Rebeca tomó el teléfono y colgó, la chica  no alcanzó a llamar a nadie, la observó con sus ojos llenos de ira mientras la joven se intentaba arrastrar, después la mujer se arrodilló y comenzó acuchillarla una y otra vez hasta que el cuchillo se dobló,  le dio cerca de treinta puñaladas.

  Las huellas de sangre dibujaban las plantas de sus pies sobre aquel piso de madera gastado y sucio, se sentía liviana, como si se hubiera quitado un gran peso de su espalda, subió las escaleras, estaba tranquila como nunca antes en su vida, había hecho lo correcto, se miró en el espejo, sus apacibles ojos brillaban con un destelló que sólo la tranquilidad logra, se miró por largos minutos en el espejo, se notaba diferente, abrió el grifo del baño,  entendió que con lavar su rostro no sería suficiente, entonces llenó la tina, puso la espuma de baño, leyó las etiquetas de los productos cosméticos, precisamente la amante de su esposo usaba su marca favorita, aquellas sales de baño y espuma eran las misma que su esposo solía regalarle cuando quería una noche especial,  las agrego a la tina llena, sumergió su cabeza apretando los ojos, y el agua se tiñó de rojo sangre, cansada de la rutina de una vida ligada al sufrimiento y a las infidelidades de Juan, decidió que a partir de ese momento haría siempre lo justo para ella, no se dejaría maltratar nunca más, ni seguiría permitiendo que se burlaran de ella, tomó justicia con sus propias manos. Rebeca salió de su largo baño de inmersión, seco su ropa con la plancha, se vistió, fumó luego un cigarrillo mirando las grandes bolsas negras en las cuales había puesto las extremidades, sonrió pensando en que al fin dejaría de afligirse, tiró la colilla del cigarrillo en el inodoro y jaló la cadena, fue a la cocina, se puso unos guantes de goma y comenzó a limpiar toda la casa, había llevado sus propios productos de limpieza,  fregó con abundante detergente cada rastro de su paso, dejó la casa tan reluciente que sonrió al ver los pisos brillando, después colocó las bolsas negras en el baúl de su automóvil, las mismas estaban llenas con los restos de aquella mujer que asesinó, Juan  le  había jurado amor eterno, ella lo amo con perfecta confianza hasta que su infidelidad la dejó sumergida en la depresión y arruinó su vida, pero no se quedaría llorando como cualquiera comúnmente lo hace, ¡No! Rebeca descuartizó prolijamente a la amante de su esposo, la mujer por la cual ella perdió a su hija años atrás, Rebeca estaba embarazada cuando su esposo le dijo que se iría de la casa con su amante, se lo dijo una noche que regresaban de una fiesta familiar, ella manejaba porque él había bebido de más y alcoholizado le confesó la verdad, Rebeca histérica al escucharlo chocó contra una camioneta, perdió a la niña y debieron  vaciarla, nunca más podría tener hijos. No sentía ni un mínimo dolor ni pena por asesinarla, ni un poco de culpa, más bien estaba satisfecha y feliz, como si se hubiese sacado una mochila pesada de culpas, culpa que en esos últimos dos años no la habían dejado dormir, fue como borrar años de sumisión, de miedo, toda su vida  no fue más que sentir miedo al miedo mismo, pero ahora un nuevo horizonte la esperaba, ya no era más una mujer sumisa ahora sólo la ira la dominaría, aquella muchacha había despertado su lado más perverso y oscuro, y ya no iba a permitir que nadie más la lastimará, ni a ella ni a su hija de doce años, revisó la cartera de Marta y encontró dos pasajes a Brasil.
Bajó las bolsas negras y las colocó en la nevera que tenía en el garaje de su casa, aprovechó que aún tenía tiempo y separó la carne de su cuerpo que iba a cocinarle a la familia de su esposo y a sus amigos, su madre le había enseñado de niña a cocinar y reconocer la carne que era buena para un asado, el resto del cuerpo desmembrado que no le servía lo volvió a colocar en las bolsas negras y lo enterró por la noche en el campo de los padres de Juan, cuando regresó a su casa su esposo dormía, eran cerca de las tres de la madrugada y ella le había dejado una nota en la que le decía que iba a visitar a sus padres y que regresaba tarde, observó a Juan dormir llena de nostalgia, su esposo ya no la amaba y quería dejarla por una chica más joven y más firme que ella.  Todo estaba listo, limpio y ordeno, sólo le restaba cocinar, fue hasta el cuarto de su hija, la arropó, ella dormía plácidamente abrazada a su muñeca, la mascota de Laura, comenzó a frotarse en sus pies desnudos,  lo alzó entre sus brazos, lo acarició por unos instantes y luego salió del cuarto dejando el velador encendido, su hija no lograba dormirse en la oscuridad y ella siempre al darle el beso de buenas noches le dejaba la luz encendida y la puerta entre abierta.
Apagó el cigarrillo y exhaló el resto del humo con la cabeza ligeramente inclinada hacía un lado, le dolía el cuello, había sido duro encargarse de todo en tan poco tiempo, pensó por un rato en la oscuridad de su casa, ya tenía todo perfectamente planeado, caminó por toda la casa en penumbras, leyó los títulos de los libros colocados en orden alfabético en la biblioteca; tomó uno y lo limpio con un paño a pesar de que estaba impecable, hacía algunas  semanas que había sido dada de alta del hospital metal “Leonardo Meyer”, la depresión la llevó a un intento de suicidio, Rebeca sufría de insomnio, en ocasiones no dormía hasta el amanecer; a veces si alguien moría en el barrio ella podía verlos en su alcoba a la noche, decía que la visitaban los muertos para pedirle favores, que este don se había despertado en ella después del accidente de tránsito sufrido dos años atrás, donde perdió su embarazo,  nadie le creía, ni siquiera le creyeron cuando murió la abuela de Juan y le envió un mensaje a su familia,  que sabía que si algo fallaba volvería al encierro de aquel horrible hospital psiquiátrico, pero no le importó, Marta había arruinado su vida, así lo veía ella, y se armó de valor, se sentó sobre el sillón que estaba junto a la ventana a la calle, observó instintivamente el cielo por entre las cortinas de seda, era una noche ventosa, observó la  luna creciente, vio a Marta parada junto a ella,  en silencio, sabía que su espíritu la visitaría esa noche.



Madrugada. Domingo. 1964.

La lluvia caía con fuerza, la ventana del cuarto se golpeaba, Rebeca la cerró y corrió las cortinas, se sentó unos minutos a los pies de la cama de su hija, la observaba dormir plácidamente, besó luego su frente y salió del cuarto, Juan la esperaba abajo.
-         Te preparé un té…Debemos hablar.- Dijo Juan.
-         No deseo discutir.- Dijo recostándose en el sillón del living.
-         Sabes lo que debemos hacer por la mañana ¿Verdad?...Debes regresar al hospital.- Dijo Juan en un tono de voz tenue.
-         ¡Lo sé!... Soy peligrosa…Llama a Ana… no quiero estar sola…- Dijo y cerró los ojos.
Sintió que tocaban sus hombros, y una tierna voz exclamó.
-         Mamá levántate de la cama- Le susurró.
Rebeca abrió los ojos y vio a su hija correr y subir las escaleras, entre bostezos se sentó en el sillón, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien, aquella mañana estaba tormentosa, fue a la cocina donde preparó café,
-         ¡Buenos días cariño! Laura ya está despierta…No le hables de lo que hice es mi única condición para regresar al hospital.- Exclamó al ver a Juan. El timbre de la puerta los interrumpió.
-         ¡Lo siento mucho amiga! ¿Cómo estás?- Dijo Ana, la miró a los ojos e ingresó a la casa.
-         Aún no te has vestido, estas en camisón, ¡Vamos, el medico nos espera! No sería bueno que estés aquí cuando venga la policía- Dijo Ana abriendo las persianas del living.
-         Te visitaré, te prometo que no estarás mucho tiempo ahí,  sabes que no puedes abandonar otra vez el tratamiento, podrías volver a recaer.- Le dijo Ana.
-         No haré un drama de esto.- Dijo Ana.
-         No quiero que le digan nada a Laura.- Dijo Rebeca.
-         Otra vez con eso, debimos llamar para que vengan a  buscarte, esto ya te sucedió antes Rebeca ¿Has tomado la medicación esta mañana?- Le dijo Ana preocupada.
-         ¡No!- Dijo Rebeca.
-         ¿Lo recuerdas?- Preguntó Ana, Juan bajaba las escaleras con una valija.
-         Laura está muerta Rebeca lo hablamos miles de veces esto.- Dijo Ana y de sus ojos brotaron lágrimas.
-         No eso no es cierto, Laura no murió.- Dijo Rebeca.
-         ¿No recuerdas el accidente? Estabas embarazada y el bebé y Laura murieron en el accidente, Juan no decía nada de esto, te dejaba que creas que aún estaba aquí, quizás por culpa. – Dijo Ana, Rebeca la empujó.
-         ¡Tranquila!- Dijo Juan y la sostuvo de los hombros.
-         No…No te creo, ¿Por qué me hacen esto?- Preguntó Rebeca.
-         Ya déjala en paz Ana… Debemos irnos Rebeca.
-         Quiero ver si es verdad, llévame al cementerio ¡Ahora!- Gritó Rebeca.
No importaba cuantas veces se dijera a si misma que todo lo que había sucedido era real, la verdad estaba grabada en su mente y los recuerdos de aquella noche la perseguirían por siempre, los fantasmas del pasado siempre vuelven para atormentarnos, no le quedaba nada a lo que aferrarse para poder seguir adelante y la culpa la había segado, mientras corría bajo la tormenta sus lágrimas se desvanecían junto a la lluvia, su corazón agitado parecía escucharse en sus oídos, cuando llegó a las puertas del cementerio se detuvo, respiró hondamente,  para no alertar a nadie que se encontraba desesperada y aturdida, ingresó caminando con normalidad, aquel viejo cementerio de la ciudad de Buenos Aires, era una zona donde los muertos descansaban y los vivos ansiaban morir, la tormenta cesó por un momento, Rebeca caminaba por los pasillos anhelando que las palabras de Ana fueran una broma de mal gusto, a pesar de estar en un lugar donde la muerte reinaba, ella sentía que el cementerio tenía vida en cada rincón, se sentía observada, no era nada normal en un día tormentoso ver a alguien buscando la paz que inspiran las filas de las lápidas, ella caminaba por aquellos pasillos húmedos y tétricos, las plantas y los árboles exhalaban su perfume embriagador, el silencio y la soledad parecieran haber nutrido y aumentado el tamaño de las plantas y hierbas que decoraban las tumbas, el olvido provocaba el efecto contrario en ellas  y un aroma a tierra inundó su alma e iluminó su frágil mente.

Allí de pie junto a su lápida se dejó llevar por los recuerdos, suspiró quitándose la pena y aceptando la verdad, ella ya no sentía, no escuchaba ni podía brindarle su amor, ella quien le entregó tan lúcida hermosura y un amor más puro que el de los ángeles en el cielo, su hija de doce años había muerto en el accidente, con sus manos temblorosas quitó los yuyos y el pasto que cubría aquel hermoso nombre, leyó la inscripción sobre aquel oscuro y frío mármol, la muerte estaba más viva en ella que en su hija, decía - “Eternamente viva en mí, amada Hija” Laura Méndez 1950- 1962.
Su mente había negado la realidad por muchos años, cada vez que recordaba lo acontecido intentaba suicidarse, por eso Juan la había internado en el hospital psiquiátrico, la noche del accidente su esposo había bebido en exceso intentando tomar coraje para decirle que la dejaría por su amante Marta, era el cumpleaños de su amiga Ana y Rebeca lo había visto hablar muy resueltamente con una muchacha toda la noche, aquella era Marta, la joven recién terminaba sus estudios en la escuela secundaria, entonces cerca de la  una de la madrugada Rebeca embarazada de cinco meses puso a  su hija en el asiento de atrás para que la niña durmiera, había llovido durante la tarde y la ruta aún permanecía húmeda, Juan borracho le contó sobre su relación con la chica de la fiesta y le dijo que quería dejarla, Rebeca comenzó a gritarle y aceleró el vehículo, ponía tanta atención a su esposo que no advirtió la velocidad, en una esquina vio el espíritu de su tía, entendió que algo iba a suceder, Rebeca intentó frenar y el auto resbaló dando de frente con una camioneta de reparto, su hija Laura falleció al instante, Juan se golpeó la frente y se fracturo un brazo, Rebeca y su hija recibieron los golpes más fuertes, no pudo aceptar la muerte de sus hijas, su mente tenía ya demasiado para aguantar, acababa de morir su bebé en su vientre y su hija de doce años, se negó a ver la realidad, prefirió creer que Laura no había muerto, eso le daba las fuerzas que necesitaba para seguir adelante, su enfermedad mental empeoraba con los años, su esposo la dejaba hablar de su hija ya mucho daño le había ocasionado, los motivos para asesinar y desmembrar a Marta eran muchos, y encima la amante estaba embarazada y ella ya no podría tener hijos.

Cerró los ojos y se negó a ver la cruda realidad, fue entonces que sintió unas manos que apretaban las suyas y una voz añorada que exclamó entre susurros.
-         ¡Te amo Mami!- Rebeca abrió los ojos y observó las blancas y finas manos de su amada hija, giró para abrazarla. Algunas personas no se dan cuenta que han muerto y no nos dejan nunca.
-         ¡Te amo mi niña!- Exclamó Rebeca.
-         Jamás voy a dejarte.- Dijo Laura.
-         ¡Vamos Rebeca!- Dijo Ana quien la siguió para ver como reaccionaba al ver la realidad.
-         ¡Bueno!- Dijo Rebeca sosteniendo la mano de su hija, su mente la había engañado, su hija ya no estaba, no dijo nada más y subió al automóvil de su amiga para que la llevará al hospital mental,  ya no había cura para ella y era peligrosa, cuando subió al vehículo sentado en el asiento trasero lo vio a Juan quien le regalo una gran sonrisa.
-         ¿La ves a Laura ahora?- Le preguntó Ana.
-         ¡Sí!- Exclamó Rebeca.
-         Sabes que es producto de tu mente mi querida amiga, ¡Lo siento tanto!- Dijo Ana, la abrazó.
-         ¿En mi valija has puesto la muñeca que le compré a Laura?- Le preguntó.
-         ¡Sí! Por supuesto, siempre la pides cuando vamos al hospital.- Dijo y se la dio, subió al automóvil.
Rebeca bajó del vehículo y una enfermera las esperaba en las puertas del lugar,
- Y… ¿Si ellos son fantasmas y no producto de mi mente? Mi abuela solía decir que algunas personas no se dan cuenta que han muerto y no nos dejan nunca, en este momento Laura toma mi mano ¿La puedes ver?- Preguntó Rebeca en voz baja a su amiga.
-         Adiós Juan, lamento mucho lo que hice.- Dijo y lo abrazó. Luego subió las escaleras hasta la entrada principal del Hospital, desde allí  saludo alzando la mano.
-         Agradezco a  Dios todos los días por haberme enamorado de ti… ¡Pobre Rebeca!- Dijo Ana subiendo al automóvil.
-         ¡No! No me da pena, ella asesinó, chocó el auto donde murió mi hija y a Marta la despedazo, créeme que se lo merece.- Dijo Juan y subió.
-         No lo digo por eso, lo digo porque decía tenerla  a Laura tomada de la mano y ¿Si es verdad que la ve? ¿Si su fantasma no se enteró que murió? Ella es su madre Juan, creo que Rebeca puede ver a los muertos, dicen que cuando sufres un shock traumático puedes ver más allá. - Dijo Ana.
-         No me digas que le creíste.- Dijo Juan riéndose de ella.
-         Algunas personas no se dan cuenta que han muerto y no nos dejan nunca…Eso dijo Rebeca quizás no esta tan loca, yo también hubiera asesinado a esa zorra de Marta encima la dejaste embarazada, y si perdiera una hija estaría como ella.- Dijo Ana.
-         Te recuerdo que fue tu idea lo de los pasajes y todo, era la única forma de liberarnos de Marta y vivir nuestro sueño de amor, tú sabes que siempre te amé y lo de Marta fue un intento por olvidarte.- Dijo Juan.
-         ¡Lo sé! Pero creo que Laura esta con ella realmente.- Exclamó Ana.
-         Como sea me liberé.- Respondió Juan.
 Rebeca se quedó observándolo, cuando el auto se puso en marcha, ella notó que en el asiento de taras iba sentada su difunta tía, El auto desapareció tras alejarse hasta que se convirtió en un diminuto punto en el camino.
-         Tranquila mamá ya una vez nos dejaron salir de aquí, sólo esperaremos para que esos dos paguen lo que nos hicieron...- Dijo Laura. Rebeca se inclinó y la abrazó, la enfermera sintió pena al verla abrazarse a sí misma, y hablarle a la nada.
-         ¡Vamos! Rebeca  debemos entrar.- Le dijo la enfermera.
-         ¡Vamos Mamá! Te ayudaré a salir de aquí tarde o temprano, ya no digas más que puedes vernos, ¡Estamos muertos! Viste la tía Elvira iba sentada con ellos, seguro tienen un horrible y fatal accidente - Dijo Laura mientras caminaban para ingresar a la clínica psiquiátrica, Rebeca le sonrió dulcemente.